Yowah, el pueblo de los ópalos.

Autor:

Mario

Fecha:

12 mayo, 2016

Categoría:

Australia, Rutas

Inhóspito, singular, decadente y real. En mitad del desierto australiano se encuentra Yowah, un pueblecito conocido por sus ópalos; unas piedras preciosas por las que merece la pena hacerse 1.994 km.

Yowah es un pequeño pueblo de Australia conocido principalmente por su actividad minera en la extración de ópalos. En nuestra ruta hacia el Outback australiano este era nuestro último y principal destino.
Llegamos cuando la luz empezaba a irse, que allí ocurre más tarde de lo que estamos acostumbrados en Gold Coast, pues al introducirnos 998km hacia el oeste notamos como el sol se escondía notablemente más tarde.

Primeras impresiones de Yowah

Sinceramente, no fue lo que esperábamos. Ni cactus, ni arena, ni asentamientos que tuvieran algo que ver con la imagen que dos europeos pueden tener de un desierto. Sin embargo a medida que paseamos por el pueblo lo que si pudimos apreciar es el calor de los poquitos habitantes que tiene y lo curiosas que son sus inhóspitas calles sin asfaltar, cubiertas de polvo rojizo consecuencia de sus altos componentes de hierro y manganeso y lo singular de sus casas, la mayoría construidas con chapa y más bien pocos lujos.

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Aun con palabras y fotografías es difícil de trasladar las sensaciones que allí pudimos sentir. Coches abandonados, viejas caravanas y contenedores de camión reconvertidos en casas, cercadas por oxidadas verjas y patios llenos de chatarra. Montañas de desechos de ópalos junto a vieja maquinaria para extraerlos y pulirlos, calles de tierra y absolutamente desérticas.

En mitad de la nada es cuando te das cuenta de lo accesorio que es todo aquello de los que nos rodeamos día a día.

Dónde alojarse

El “Artesian Waters Caravan Park” fue lo único que parecía estar abierto cuando llegamos aunque no había ni un solo cliente. El dependiente, que vivía allí mismo junto con su mujer y sus dos hijos, nos dio una cálida bienvenida y algo de información sobre la zona antes de cerrar el establecimiento y acompañarnos a donde debíamos dormir esa noche.

Lo más curioso de este hospedaje es que utiliza para surtirse de agua la proveniente del subsuelo, unas aguas termales con grandes beneficios para la piel, según nos explicaron, de las que puedes disfrutar en su piscina o en unas curiosas casetas de colores sin techo en las que, según nos dijeron, podías ver las estrellas mientras tomabas un baño.

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Con lo poco que quedaba de luz recorrimos las polvorientas calles con algo de desasosiego. Estábamos en mitad de la nada, en un pueblo prácticamente deshabitado donde aparecían canguros por cualquier esquina, rodeado de viejos vehículos abandonados duramente desgastados por un clima extremo y totalmente incomunicados, y eso en cierto modo incomoda. Finalmente cenamos y nos fuimos a dormir.

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A unos 5km al sur hay un pequeño acantilado, perfecto para ver la inmensidad de desierto, así que aprovechamos para ver el amanecer desde allí.

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Dimos otra vuelta por el pueblo y ahora, con más luz, nos pareció un sitio menos decrépito, y entramos en uno de los talleres de ópalos recordando al instante el porqué estábamos allí.

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Las hay de todos los tamaños aunque no son exageradamente grandes, preciosas y de todos los colores. Algunas tienen madera y cristales incrustados fruto de la fusión de todos ellos durante el proceso de mineralización. Suzie, como se llamaba la artesana nos atendió amablemente en todo momento y nos enseñó su taller. Allí mismo tenía la maquina con la que las extraía, pulía y preparaba para su venta en forma de collares, pendientes y todo tipo de joyería.

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La paradoja entre lo yermo de sus calles y lo maravilloso de sus piedras hacen de Yowah una región única.

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